viernes, 9 de octubre de 2009

La Teoría de los Juegos. La Historia Más Lúdica Jamás Contada. Parte 8.

Una noche en la ópera

En otra entrada he hablado del dilema del prisionero, sin duda el juego más famoso de todos los tiempos. Lo vimos en el contexto de la provisión de bienes públicos, de competencia oligopolística, de la tragedia de los comunes, de la contaminación, … , incluso de unos presos sometidos a esta tortura psicológica. Para no repetirme y para no dejar a este juego sin su entrada en la serie de la Historia Más Lúdica Jamás Contada, voy a ilustrarlo con uno de mis ejemplos favoritos: la ópera Tosca, de Puccini.

No, no voy a cantar. Voy solo a recordar el argumento, simplificando mucho. Estamos en los tiempos de las luchas entre realistas y republicanos tras las invasiones del norte de Italia por Napoleón. En el momento de la acción, Roma está en poder de los realistas, pero llegan noticias contradictorias de lo que pasa en el norte. Tosca, de buen ver, es la amada de Cavaradossi, el pintor de iglesias. Hasta ahí todo bien, si no fuera porque casi toda ópera trata, como he leído hace poco en un blog que ahora no recuerdo, de dos que quieren estar juntos pero que no puede ser. En el caso de Tosca, su amado es apresado por ayudar a escapar a un republicano. El jefe de la policía, malo malísimo, es el malvado Scarpia (vaya nombre) que, además de malo (¿ya he dicho lo malo que es?) es lascivo y lujurioso. Sabe de la debilidad de Tosca por su amado (el de Tosca) y sabe que Tosca estaba de buen mirar, así que la llama a sus aposentos y le propone lo siguiente.

-Mira Tosca, al amanecer fusilarán a tu amado. He urdido un plan para que las balas sean de fogueo y entregártelo vivo. Sólo me falta dar la orden.

-¿Por qué tan generoso?

-Porque tú también me entregarás algo a mí.

-No tengo dinero.

-No seas tontita…

Tosca acepta. Scarpia sale para dar las órdenes oportunas. Mientras vuelve, Tosca se fija en un cuchillo de cocina que andaba por ahí y enseguida su mente empieza a pensar:

-Si Scarpia ha dado ya la orden, puedo matarlo para que no dé la contraorden y también para librarme de una experiencia desagradable. Si no ha dado la orden, me libro en cualquier caso de estar con el baboso y me vengo de él. Por otra parte, ¡convertirme en asesina!

Ya habrá adivinado el lector la clase de pensamientos que pasan por la cabeza de Scarpia:

-Si Tosca cede a mis deseos, no tiene sentido que dé la orden. Ella no lo sabrá hasta que todo se haya consumado. Si se arrepiente y I get no satisfaction, con más razón, así me vengo de ella y no me meto en líos.

La situación del acuerdo era relativamente buena para ambos. Tosca se quedaba con su amado vivo al precio de una mala noche y Scarpia pasaba una noche buena a cambio de salvar al pintor. Claro que Tosca prefiere no pasar la noche con él (y para eso tiene que matarlo) y que Scarpia prefiere no meterse en líos (y para eso tiene que matar al amado de Tosca). Pero si ambos sucumben a su racionalidad, terminarán sin amado la una y sin vida el otro.

No quiero arruinar al lector el final de la ópera. Sólo diré que el equilibrio manda sobre el óptimo, como bien dice la teoría. No sé si es “como debe ser”, pero sí que es “como es”.

2 comentarios:

  1. que bonito! esto de que el equilibrio manda sobre el óptimo lo he encontrado hasta romántico! :-)

    ResponderEliminar
  2. Gracia. Me ha salido el romanticismo sin querer. Bienvenido sea.

    ResponderEliminar